Reseña: Lucy

La sexy Scar Jo
El mito de que el ser humano utiliza únicamente el 10% de su actividad cerebral es encantador. Quiere decir que el potencial está allí, frente a nosotros, incapaces de hacerlo rendir. Quiere decir que, en el fondo, existe algo así como la democracia biológica. El límite intelectual es parejo y absolutamente nadie ha sido capaz de superarlo. Además, se trata de un límite bajísimo, apenas una huella de nuestra capacidad de conocimiento. Somos Ferraris conduciendo en vías de baja velocidad. Tan sólo de repetirlo, uno se imagina las delicias de rebasar las fronteras del supuesto nuevo grado y el dominio de aquello que por ahora nos es misterioso, incomprensible. Las preguntas del hombre sobre sí mismo se diluirían como azúcar en agua. Lo interesante de esta falaz teoría es que eso ya está allí, lo que hace falta es encontrar la llave de la puerta del conocimiento. No tendría ningún factor maravilloso el hecho de que el hombre domine su intelecto a tope. Borde que, paulatinamente, para los especimenes más evolucionados, se ensancharía. En el futuro. En un tiempo muy, muy lejano, para cuando estemos muertos y los humanos tengan una apariencia diferente a la que estamos acostumbrados. En el hipotético desaprovechamiento no hay que esperar la lenta y aburrida evolución. Vivir en la estupidez del 10% nos permitiría hacerlo aquí y ahora, si tan sólo hubiera un modo de despertar el resto.

Lucy (2014) del director más hollywoodense de Francia, Luc Besson, explota la premisa. ¿Qué pasaría si un ser humano alcanzara su total capacidad neuronal y cognicitiva? El resultado es una cinta de acción y ciencia ficción más o menos decorosa.

Lucy (Scarlett Johansson) discute con Richard (Pilou Asbaek), un contrabandista de poca monta, por la entrega de un maletín de contenido misterioso. Con argucia, Richard esposa a la chica al portafolio. Temerosa pero sin alternativa, la rubia entra al hotel y pregunta en recepción por el señor Jang (Choi Min-sik). Luego de una llamada en perfectamente inentendible chino, el gangster hace su aparición en el lobby con su nutrido grupo de matones. Sobre el cristal de la entrada resbala la sangre de Richard, asesinado de un tiro. El maletín contiene cuatro kilos de una poderosa droga azul. Jang ofrece a Lucy servirle para pasar a Europa uno de los paquetes a cambio de su libertad, oferta que la chica no está en condiciones de rechazar. Junto con otros tres hombres que también servirán de mulas, Lucy es operada para alojar la droga dentro de su vientre. Las cosas se ponen tensas y, tras discutir con uno de sus captores, Lucy es brutalizada. Una patada en el estómago libera parte del narcótico dentro de la mujer, en una pirotecnia azul. La sobredosis tiene el efecto de un extremo dominio del mundo que la rodea. El CPH4 sintético libera la capacidad cerebral de Lucy al 20%, otorgándole un sinumero de habilidades. Paulatinamente, conforme marcha la cinta, al espectador se le indica avance de sus facultades con el porcentaje en la pantalla.

La misión de Lucy nunca llega a ser del todo clara. Por un lado, están los mafiosos chinos, pero como villanos u obstaculizadores se quedan muy cortos. Son juguetes en las manos de una diosa rubia capaz de doblegar la realidad a voluntad. Sin duda, este es uno de los grandes defectos de la cinta. En ningún punto se pone en riesgo el éxito de Lucy, cualquiera que sea su objetivo. Incluso el policía Del Rio (Amr Waked) cumple un papel de adorno, resuelto con buen humor en el guión. Por el otro, se encuentra simplemente el desarrollo del cien por ciento, con propósitos meramente científicos. Un motivo que tampoco queda satisfactoriamente resuelto.

La historia tiene algunos huecos que, aun dentro del mundo de ficción ofrecido en principio, no pueden sino ser catalogados como absurdos. Por ejemplo, Lucy, el ser más cercano al absoluto, es capaz de leer una investigación de veinticinco años y miles de cuartillas en apenas unos minutos, pero necesita la ayuda de su autor, Norman (Morgan Freeman), para conocer el propósito de su vida hypersensibilizada. El investigador universitario atina a decirle que lo mejor que puede hacer con semejante entendimiento es compartirlo. Lucy llega a una conclusión similar al descubrir que la prueba de la existencia, en el supuesto de que el universo conecta en un canal superior al entendimiento humano, es el tiempo. La estructuración singular de las partículas que forman a cada individuo sólo tienen relevancia en cuanto dejan su impronta. Esa marca acotada de la organización de polvo y nada en seres específicos es la marca de la existencia.

Esta conclusión presuntamente científica y presuntamente filosófica bien puede servirnos para destacar uno de los más grandes defectos de la cinta. En Lucy hay una terrible descompensación en el transcurso de la acción. Para reforzar la noción efectista de que desperdiciamos el 90% de nuestra capacidad cerebral, el salto entre el porcentaje ‘normal’ y el de Lucy es abismal. Apenas con un aumento dos o tres veces superior, la vemos moliendo a palos a unos bandidos, utilizar armas de fuego de alto calibre, abortar una operación porque con tan solo ver las radiografías sabe que el paciente intervenido no tiene posibilidad de vivir, recordar el sonido del crecimiento de sus huesos, diagnosticar los padecimientos de una amiga y aprender chino, todo con una actitud imperturbable. Da la impresión de que al hacer tanto énfasis en esa brecha, se quedaron sin ideas para los niveles superiores.

El carácter de Lucy es de una típica dumb blonde, pero al consumir la potente droga pasa a ser un ser alienado. Sin embargo, su incapacidad de sentir emociones humanas no es impedimento para entender las motivaciones terrenales. Este es un discurso contradictorio. En algún momento de la película, la protagonista afirma lo que el espectador intuye: al ser más ‘perfecta’ con el todo, es menos humana. Pero constantemente se va en contra de ese principio. Puede ser indiferente con lo que la rodea, con el rostro aplomado e imperturbable para enterrar cuchillos y manejar oligofrénica por las calles de París; como sentir algo parecido a la atracción física por Del Rio, tender la mano a un grupo de científicos que tienen cara de no entender nada o llorar agradecida con su madre.

Haciendo un balance final, Lucy es una cinta entretenida, pero llena de inoconsistencias. Para los amantes del género está más que aprobada, pero no alcanza ese punto de excelencia para volverse algo más que una película de fin de semana. Tiene momentos muy agradables, aunque se trata combustible de que se consume muy pronto. De hecho, una vez interiorizada la dinámica, muy similar a la de un videojuego, de ir completando achievements hasta alcanzar el puntaje total, llega a ser cansada. El camino ascendente que se propone no se logra, pues a la hora, aunque el porcentaje nos indique va cuesta arriba, la acción no corresponde. Si tomamos la premisa de alcanzar el total desarrollo del cerebro, de inicio sabemos para donde apunta el filme de Besson, lo que nos falta saber, esa intriga que hace que la gente vaya al cine, es el cómo. El trepidante inicio se va desinflando de a poco conforme se avecina su cierre; se estanca como en una meseta y el resultado dista mucho de ser el climax sugerido en principio.

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